El trabajo en las fábricas

El trabajo en las minas

La máquina de Vapor

Para saber más sobre la máquina de vapor

El Mundo de la Industria Textil

En el año 1755, John Kay, inventó la lanzadera volante, que trabajaba con más cables de hilados que posibilitó aumentar el ancho de los tejidos y la velocidad de fabricación.

En el año 1764, James Hargreaves, a su vez, inventó la máquina de hilar Spinning Jenny que consistía en una maquina con una cantidad de zonas dispuestas verticalmente y movidas por una rueda, además de un gancho sostenía varias carretes a la vez, lo que permitió mayor productividad por trabajador.

En 1768 Richard Arkwright inventó el telar hidráulico e hizo posible la fabricación de hilos con filamentos más fuertes.

En 1779, Samuel Cropton combino las características del telar Jenny con las del telar hidráulico, y obtuvo una
máquina mejor que 20 años más tarde hilaba a un mismo tiempo 400 hebras de hilo de la mejor calidad.

FACTORES QUE POSIBILITARON EL DESARROLLO DE LA INDUSTRIALIZACIÓN EN INGLATERRA


REVOLUCIÓN AGRÍCOLA

EL TRABAJO DE LA TIERRA ANTES DE LA REVOLUCIÓN

“La agricultura tradicional implicaba que los campesinos cultivaban varias “tiras” en diferentes campos. Cultivos de trigo y cebada eran sembrados en rotación anual con la tierra dejada en barbecho cada tres años para su recuperación. Los campesinos compartían tras la cosecha las tierras en común y tenían derecho a extraer turba, madera, forraje y a dejar pastar a sus animales. El sistema era ineficiente. La tierra en barbecho y la siembra a voleo suponían un despilfarro. La ausencia de cercas suponía la extensión del número de enfermedades. Las epidemias y la falta de forraje en invierno se traducían en una ganadería pobre. Las innovaciones se retrasaban porque cualquier cambio necesitaba de aprobación unánime.”

Este sistema de explotación de la tierra es modificado. 

Se comienza a utilizar un nuevo sistema de rotación de cultivos.

Sobre el cercamiento de los campos. Dos visiones de la época

1. Defensa de los cercamientos.

Hay que señalar también que el sistema de las common lands nunca ha aportado nada a la solución del problema del empleo.Son tales y tantos los beneficios y ventajas que se podrían derivar de un total cercamiento de los common lands (tierras comunales) que me es imposible descubrirlos o enumerarlos. Daría  la oportunidad de separar las tierras áridas de las húmedas, la de desecar estas últimas, la de abonar las zonas agotadas… El nuevo ordenamiento permitiría, con la ayuda de hábiles ganaderos, la cría de ovinos y bovinos de raza mucho mejor que las que tenemos actualmente. Teniendo el ganado en zonas cercadas se conseguiría mantener un número mayor con la misma cantidad de alimento … y el ganado podría rendir a la comunidad y a los individuos  cien veces más de los que hacía hasta ahora, antes de los cercamientos. Hay que añadir que se abastecería mejor de carne de buey y de cordero a los mercados y que el precio de estos géneros se reduciría considerablemente.

Apenas se hiciese un cercamiento,… se desarrollarían actividades y trabajos de toda índole en esos lugares…: excavar fosas y canales de desagüe, construir terraplenes y vallas, plantar setos y árboles; los fabricantes, los carpinteros, los herreros y demás artesanos del campo no tendrían que quedarse con los brazos cruzados… Pocos años después, tras haber llevado a buen término estos primeros y temporales esfuerzos, y cuando todo el conjunto estuviera organizado en un sistema agrícola regular, se podría alimentar y dar trabajo a una población notablemente aumentada”.

John Middleton: “Retrato de la agricultura del Middlesex”, 1798. ; en Balboa y otros: “Historia do mundo contemporáneo / Síntesis e documentos”, 1994.

2. Contra los cercamientos.

“Los demandantes piden poder exponer a la Cortede Justicia…: Que con el pretexto de hacer mejorías en las tierras de propiedad de la citada parroquia se privará a los campesinos sin tierra  y a todas las personas que tienen derechos sobre las common lands que se pretenden cercar del indispensable derecho del que actualmente gozan, es decir, de que sus bueyes, terneros y ovejas puedan pacer a lo largo y ancho de dichas tierras. Este derecho no sólo les permite  a ellos y a sus familias mantenerse durante el invierno… sino que también les permite entregar a los ganaderos partidas de animales jóvenes y delgados a un precio razonable…

Los demandantes consideran que el resultado más desastroso de los  cercamientos será la casi total despoblación de su ciudad… Bajo el empuje de la necesidad y de la falta de trabajo se verán obligados a emigrar en masa hacia las ciudades industriales…”

Petición de pequeños propietarios  de tierras y personas con derechos de servidumbre sobre las Common lands. 1797; en Balboa, Ob. Cit

REVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA

“Fue, en realidad, un descenso de la mortalidad lo que hizo que incrementara la población. Durante las cuatro primeras décadas del siglo XVIII, la costumbre de la ginebra barata así como intermitentes períodos de hambre, constituyeron elementos primordiales del alto grado de la mortalidad. Pero entre los años 1740 y 1820, el porcentaje de la mortalidad descendió casi continuamente… (…) Al introducirse el cultivo de tubérculos, se pudo alimentar mayor número de ganado durante los meses de invierno y así, surtir de carne fresca al país durante todo el año. El aumento de consumo de legumbres, aumentó la resistencia contra las enfermedades. Más altos niveles de limpieza personal, motivados por el uso común del jabón y de ropa interior de algodón barato, disminuyeron los peligros de infección. Los ladrillos o la piedra empleados como materiales de construcción en lugar de las maderas de las chozas y casas de campo, redujo el número de epidemias… (…) Las grandes ciudades vieron sus calles pavimentadas, fueron dotadas de alcantarillado y de agua corriente, el conocimiento de la medicina y de la cirugía se desarrolló, aumentaron los hospitales y se prestó mayor atención a detalles como la destrucción de la basura y el adecuado entierro de los difuntos.”

ASHTON, T.S.; “La Revolución Industrial”; 1950.

Europa en 1811

 

Europa luego del Congreso de Viena

Una vez derrotado Napoleón, los reyes y gobernantes de las potencias vence­doras quisieron restaurar el Antiguo Régimen anulando las reformas revoluciona­rias. Las potencias victoriosas estaban decididas a restaurar el antiguo orden y a contener las fuerzas políticas que la revolución había liberado en Europa Para ello, los monarcas convocaron un Congreso en Viena, que se inicio en septiembre de 1814 y terminó en Julio de 1815.

Congreso de Viena

El periodo de la historia de Europa occidental que abarca los años posteriores al Congreso de Viena recibe el nombre de Restauración, porque la dinastía de Borbón había sido restaurada en el trono de Francia (el nuevo rey fue Luis XVIII). También, de manera similar, recuperaron sus tronos todos los monarcas que ha­bían sido desposeídos por Napoleón y restablecieron la monarquía absoluta en sus Estados. Sin embargo, Luis XVIII mantuvo algunos de los principios de li­bertad política y social establecidos por la Revolución, por ejemplo decidió conservar la carta constitucional del año 1814, que garantizaba la libertad de culto, de prensa y las garantías individuales. Mantuvo también los códigos y la administración administrativa y judicial creada por Napoleón. ¡No todo estuvo perdido después de la Restauración!

No obstante, si bien los demás países de Europa se vieron sometidos a los dictámenes más duros de la restauración (sobre todo en España con el regreso de Fernando VII), no todo estaba perdido para los ideales establecidos por la revolución, pues las guerras y la revolución no solo habían transformado a la sociedad Francesa, sino a toda Europa durante la era Napoleónica. Francia se había encargado de transmitir y extender al mundo los ideales de libertad, igualdad, fraternidad, soberanía popular, junto a los derechos naturales del hombre, como propiedad, seguridad y opinión. Asimismo permitió la transformación de la Monarquía absoluta en monarquía constitucional y el establecimiento de los aspectos básicos del gobierno republicano.

 Jean Duroselle, Europa de 1815 a Nuestros Días, Editorial Labor, Barcelona, 1981.

Otra miniserie sobre Napoleón Bonaparte.  En este caso se trata de un documental.

También son varias partes, les dejó el link de la primera.

Les recomiendo esta miniserie sobre napoleón bonaparte. 

La etapa “republicana” de la Revolución Francesa, se inició con la proclamación del fin de la monarquía y el nacimiento de la República. 

Como ya vimos en el texto de Soboul, luego de la victoria francesa en la batalla de Valmy frente a la coalición austro-prusiana,  la Asamblea Legislativa cesó sus funciones para dar paso a una nueva asamblea: La Convención.

La Convención elegida por sufragio universal, inició sesiones el 21 de setiembre del año 1792, prolongandose hasta el 26 de octubre de 1795.

Quizás sea importante repasar los grupos políticos que formarán parte de esta etapa y que marcarán los rumbos del proceso revolucionario.

En esta Convención, formada por 750 diputados, las agrupaciones políticas se dieron de la siguiente manera:
a) Los Girondinos.-

BRISSOT

Bloque de 160 representantes de la región de la Gironda, ubicada a la derecha de Sala de Sesiones.

Eran de tendencia republicana moderada, partidarios – pese a su oposición -, del mantenimiento de la figura y, persona del rey, ya que desconfiaban de la Comuna de París. Sus jefes eran Brissot, Isnard, Vergniaud.

En su mayoría pertenecían a la alta burguesía.

b) Los Montañeses.-

(Montagniards), Más de 200 diputados; llamados así por ocupar el lado izquierdo y las gradas mas altas (Montaña) de la Sala de la Convención.

Eran republicanos extremistas, pues creían que el triunfo de la Revolución Francesa debería asegurarse de cualquier modo, sin reparar en los medios, aun con la eliminación del rey. Sus jefes eran Marat, Danton y Robespierre.

c) La Llanura.-

Masa de diputados que se situaban en la parte baja y central de la Sala. Se les conocía también como el pantano; eran indecisos y en sus votaciones se inclinaban, según las circunstancias, en favor de los girondinos o de los montañeses.

Al margen de los debates políticos dentro de la asamblea, también se habían formado clubes:

Los Jacobinos de Robespierre,

los Cordeleros (Cordeliers) de Danton

Los Fuldenses (pro-monarquicos) dirigidos por La Fayette.

El inicio
Desde el inicio de las sesiones de La Convención, unánimemente, decreto la abolición del poder real, de tal manera que, en medio del jubilo popular, el día 22 de setiembre se proclamo el establecimiento de la Primera República Francesa.

Se anularon los efectos del calendario de la Era Cristiana, señalando que 1792 constituía el Año I para la Nación.

Los nombres de los meses fueron cambiados por otros, tomando como referencia el paisaje y el ambiente climático reinante.

El Calendario Republicano

Calendario Republicano

– Vendimario o de la vendimia → Setiembre

– Brumario o de las brumas → Octubre

– Frimario o de los fríos → Noviembre

– Nivoso o de las nieves → Diciembre

– Pluvioso o de las lluvias → Enero

– Ventoso o de los vientos → Febrero

– Germinal o de la germinación → Marzo

– Floreal o de las flores → Abril

– Pradial o de los prados → Mayo

– Messidor o de las cosechas → Junio

– Termidor o del calor → Julio

– Fructidor o de las frutos → Agosto

Compendio de Historia de la Revolución Francesa, de Albert Soboul.

Capítulo IV, parte III-

La Familia Real

VARENNES: LA DESAPROBACION REAL DE LA REVOLUCION

La huida del rey constituye uno de los hechos esenciales de la Revolución. En el plano interno demostraba una oposición irreconciliable entre la realeza y la nación revolucionaria; en el plano exterior precipitó el conflicto.

1. La huida del rey (21 de junio de 1791)

La huida del rey había sido preparada desde hacía tiempo por el conde Axel de Fersen, un sueco amigo de María Antonieta. So pretexto de proteger un tesoro enviado por la posta al ejército de Bouillé, se habían dispuesto relevos y piquetes a lo largo del camino hasta más allá de Sainte-Menehould, por Châlons-sur-Marne y Argonne, por donde Luis XVI llegaría a Montmédy. El 20 de junio de 1791, hacia medianoche, Luis XVI, disfrazado de mayordomo, abandonaba las Tullerías con su familia. En ese mismo instante, La Fayette inspeccionaba los puestos del castillo, que consideró estaban bien asegurados, aunque desde hacía tiempo dejaba sin guardias una puerta de las Tullerías, con el fin de que Fersen entrase libremente a las habitaciones de la reina.

Una pesada berlina había sido construida expresamente para esto, y en ella la familia real se acomodó; llevaba cinco horas de retraso. No viendo venir nada, los guardias apostados cerca de Châlons se retiraron. Cuando el rey llegó en las noches del 21 al 22 de junio a Varennes no encontró el relevo previsto y se detuvo. En Sainte-Menehould, Luis XVI no se ocultó  y entonces fue reconocido por el hijo de un maestro de postas, Drouet. Este último devolvió a Varennes la berlina que había sido detenida e hizo poner barricadas en el puente de l’Aire. Cuando el rey quiso partir, encontró cerrado el puente. Tocaron a rebato. Los campesinos se amotinaron; los húsares fraternizaron con el pueblo. El 22 por la mañana la familia real volvió a tomar el camino de París en medio de una hilera de guardias nacionales llegados de todos los pueblos. Bouillé, advertido, llegó dos horas después de la partida del rey. El 25 de junio por la tarde el rey hacía su entrada en París en medio de un silencio de muerte entre dos filas de soldados con los fusiles boca abajo. Fue el entierro de la monarquía.

Huida del Rey

La proclama redactada por Luis XVI antes de su huida y dirigida a los franceses no dejaba lugar a dudas respecto de sus intenciones. Pretendía unirse al ejército de Bouillé; de allí al ejército austríaco de los Países Bajos; después volver sobre París, disolver la Asamblea y los clubs y restablecer su poder absoluto. Toda la política secreta de Luis XVI había tendido a provocar una intervención de España y de Austria a su favor. Desde octubre de 1789 había enviado un agente secreto, el abate Fonbrune, junto al rey de España, Carlos V. Por otra parte, hizo cuanto estuvo a su alcance para envenenar el conflicto con los príncipes con posesiones en Alsacia. Luis XVI no fue el hombre sencillo y afable, casi irresponsable, que con frecuencia nos presentan. Dotado de una cierta inteligencia, orientó una gran parte de la opinión hacia un solo fin: restablecer su autoridad absoluta, incluso al precio de traicionar a la nación.

2. Consecuencias internas de Varennes: los fusilamientos del Champ-de-Mars (17 de julio de 1791)

Las consecuencias internas de Varennes fueron contradictorias: la huida del rey trajo consigo el auge del movimiento popular y democrático, pero el miedo del pueblo llevó a la burguesía a reforzar su poder y a mantener la monarquía.

El movimiento democrático se afirmó aún más que nunca al día siguiente de los acontecimientos de Varennes. “Henos al fin libres y sin rey”, declaraban los cordeleros, que el 21 de junio pedían a la Asamblea constituyente que proclamase la República o por lo menos que no decidiese sobre la suerte del rey sin haber consultado las Asambleas primarias. Aún más: la huida del rey constituyó un elemento decisivo para reforzar la conciencia nacional entre las masas populares. Les demostró la inteligencia de la monarquía con el extranjero y promovió en los más alejados rincones del país una emoción intensa. Se temía la invasión; los lugares fronterizos se pusieron espontáneamente en estado de defensa. La Asamblea consiguió 100.000 voluntarios para la guardia nacional. El reflejo, tanto social como nacional, se produjo como en 1789. En Varennes, los húsares, que debían proteger la huida del rey, se pasaron al pueblo al grito de “¡Viva la nación!”. Se desencadenó la reacción de defensa. El 22 de junio de 1791, por la tarde, hacia Sainte-Menehould, el conde de Dampierre, un señor de la región que llegó para saludar al rey Luis XVI a su paso, fue asesinado por los campesinos. En el miedo de 1791, el fervor nacional constituyó, sin duda alguna, un resorte casi tan poderoso como el odio social. La huida del rey parecía como la prueba de que la invasión era inminente; las masas populares se movilizaron, en el sentido militar de la palabra.

La burguesía constituyente conservó su sangre fría: temía los disturbios rurales tanto como a los movimientos populares urbanos (la ley de Le Chapelier había sido votada el 14 de junio de 1791). La Asamblea suspendió al rey y al veto y organizó a Francia como una república de hecho. Pero cortó deliberadamente el camino a la democracia. Creó la ficción del rapto del rey. Barnave dijo a los jacobinos el 21 de junio por la tarde: “La Constitución, he aquí nuestra guía; la Asamblea Nacional, he aquí nuestra flaqueza». Luis XVI quedó absuelto a pesar de las protestas de Robespierre. No se hizo proceso más que a los autores del rapto, a Bouillé, que, por su carta de 26 de junio de 1791 a la Asamblea, había reclamado toda la responsabilidad para sí, aunque había huido, y a algunos comparsas que fueron acusados el 15 y el 16 de julio. Barnave, en un discurso vehemente, el 15 de julio de 1791, planteó el verdadero problema:

“¿Vamos a terminar la Revolución o vamos a volverla a empezar…? Un paso de más sería un acto funesto y culpable; un paso más en la línea de la libertad sería la destrucción de la realeza; en la línea de la igualdad, la destrucción de la propiedad».

A pesar de la traición real y del peligro aristocrático, la burguesía constituyente creía que la nación continuaba siendo de los propietarios: para ella la Revolución estaba terminada.

Los fusilamientos del Champ-de-Mars (17 de julio de 1791) manifestaron las intenciones ocultas de la burguesía. El pueblo de París, levantado por los cordeleros y las sociedades fraternales, multiplicaba peticiones y manifestaciones. El 17 de julio de 1791, los cordeleros se reunieron en el Champ-de-Mars para firmar sobre el altar de la patria una petición republicana. Pretextando desórdenes, la Asamblea ordenó al alcalde de París que dispersase la concentración. La ley marcial fue proclamada; la guardia nacional, exclusivamente burguesa, invadió el Champ-de-Mars e hizo fuego sin advertencia previa alguna sobre la masa desarmada, dejando en el suelo cincuenta muertos. La represión que tuvo lugar a continuación fue brutal; se hicieron numerosos arrestos; diversos periódicos democráticos dejaron de aparecer; el club de los cordeleros se cerró; el partido demócrata, decapitado durante un momento; fue el terror tricolor.

Las consecuencias políticas fueron irremediables. El partido dividiose en dos grupos enemigos. El sector conservador de los jacobinos se había separado desde el 16 de julio de 1791 y fundado un nuevo club en el convento de los cistercienses. Mientras tanto, los demócratas, guiados por Robespierre, se acercaban de una manera más clara a los jacobinos. En especial, los constitucionales, fayettistas y lamethistas reunidos, reagrupados todos en los cistercienses, estaban dispuestos a entenderse con el rey y los negros para salvaguardar la obra comprometida y mantener la primacía política de la burguesía censataria. Así se esbozó una vez más la política de compromiso. Pero la aristocracia continuó irreductible.

La revisión de la Constitución no fue tan lejos como lo hubiera deseado el triunvirato, ahora dueño de la situación. Su carácter censatario no se agravó menos por ello. Se exigía a los electores que fuesen propietarios o dueños de un capital que se valoraba, según los casos, en 150, 200 ó 400 jornadas de trabajo. La guardia nacional quedó definitivamente organizada por la ley del 28 de julio de 1791, confirmada y modificada por la del 19 de septiembre siguiente. Sólo los ciudadanos activos tuvieron el derecho de tomar parte. Frente a la burguesía en armas, el pueblo estaba desarmado. El rey aceptó la Constitución revisada el 13 de septiembre de 1791; el 14 juró una vez más fidelidad a la nación. La burguesía constituyente también, una vez más, consideró terminada la Revolución.

3. Consecuencias exteriores de Varennes: la declaración de Pillnitz (27 de agosto de 1791)

Las consecuencias exteriores de Varennes no fueron menos importantes. La huida del rey y su arresto suscitaron en Europa una gran emoción monárquica. “¡Qué ejemplo más horrible!”, declaraba el rey de Prusia. Pero una vez más todo dependía del emperador. Desde Mantua, Leopoldo proponía a las Cortes que se pusieran de acuerdo en salvar a la familia real y a la monarquía francesa. Pero los cálculos y los intereses triunfaron sobre el sentimiento de solidaridad monárquica; fue imposible lograr el concierto europeo contra Francia. La política de los cistercienses tranquilizó a Leopoldo sobre la suerte de Luis XVI. Para ocultar su marcha atrás, el emperador se contentó con firmar, conjuntamente con el rey de Prusia, Federico Guillermo, la declaración de Pillnitz, el 27 de agosto de 1791, que no amenazaba a los revolucionarios con una intervención europea más que condicionalmente. Los dos soberanos se declararon dispuestos a “actuar rápidamente, de mutuo acuerdo, con las fuerzas necesarias”, pero a condición de que las demás potencias se decidiesen a unir sus esfuerzos a los suyos. Entonces y en ese caso la intervención tendría lugar. En efecto, la declaración de Pillnitz se tomó, por otra parte, como sus autores deseaban, al pie de la letra por la opinión francesa. Esta extraña injerencia parecía insoportable; la Revolución se sintió amenazada; el sentimiento nacional se sobreexcitó.

La Asamblea constituyente se separó el 30 de septiembre de 1791 al grito de “¡Viva el rey! ¡Viva la nación!” Sus dirigentes pensaban haber sellado el acuerdo entre la realeza y la burguesía censataria al mismo tiempo que contra la reacción aristocrática y contra el impulso popular. Pero el rey no aceptó más que aparentemente la Constitución de 1791; la nación no se confundía precisamente con la burguesía, como lo afirmaban los constituyentes. Cuando la crisis se agravó en el momento de Varennes, la Asamblea ordenó una leva de 100.000 hombres de la guardia nacional. No se fiaban del ejército de línea, del ejército real, pero rehusaban apoyarse en el pueblo. La Asamblea se remitía a la nación, pero tal y como la definía la Constitución censataria. Los acontecimientos desbarataron sus cálculos. Después de Pillnitz, la guerra parecía inevitable.

Frente al peligro, la burguesía tuvo, no sin reticencias, que acudir al pueblo. Pero éste no comprendía que, después de haber destruido el privilegio del nacimiento, tuviera que soportar el del dinero. Reclamó su lugar en la nación. Desde ese momento se plantearon el problema político y el problema social en términos nuevos.